Talleres Chenghuá 成化窯 y la Srª Wan.

Con los talleres Chenghuá (Seica en japonés) estamos
ante una nueva etapa de los famosos alfares imperiales Jingdezheng 景德鎮, un complejo industrial situado en
la zona de Zhushan 珠山 (Colina de la Perla), en Jingdezhen, que desde principios de la dinastía Ming 大明 (1368-1644) había sido organizado como una manufactura para la
corte. Allí, auténtico
laboratorio de materiales y técnicas, trabajaban cientos o miles de especialistas divididos por tareas y
estaban directamente controlados por funcionarios. Las fuentes Ming citan
supervisores temporales (eunucos,
altos funcionarios, militares) pero no hablan claramente de un único
director de hornos comparable a los grandes gestores-administradores artísticos
de épocas posteriores.
El emperador
Chenghuá 成化帝 (1465-1487), noveno de la dinastía Ming, se desentendió de los asuntos de
Estado, pero alcanzó un alto nivel artístico en sus aficiones: caligrafía,
pintura y cerámica. De carácter discreto y reservado, muy distinto a otros
soberanos Ming. Gracias a él los hornos imperiales lograron una
organización muy estricta. Los utensilios ceremoniales y piezas para la
corte destinados a la maquinaria ritual del Estado, encargados a Jingdezheng en
enorme número, debían cumplir un nivel excepcionalmente alto y se
destruían al menor defecto.
El emperador pasó olímpicamente de las reiteradas
sugerencias de Corte y funcionarios de que cerrara los talleres por los enormes
costes que suponía su mantenimiento (明史·食貨志, “Míngshǐ-Shíhuòzhì”
Tratado sobre
alimentación, riqueza, impuestos y economía. Gran historia
oficial de la dinastía Ming compilada bajo la dinastía Qing). A
pesar de las presiones desarrollaron una nueva estética que distingue a esta refinada
corte y resultó en uno de los episodios más interesantes de toda la historia de
la porcelana china: basándose en una elegancia exquisita y personal, frente al
impresionante lujo y tamaño de periodos anteriores, y apoyándose en un
trabajo perfectamente hecho, alcanzaron un extraordinario gusto por las piezas
delicadas y libres de ostentación, que son consideradas por muchos como lo
mejor de la porcelana Ming en términos de refinamiento artístico por su
equilibrio y elegancia, aunque no en espectacularidad técnica; y no es que
fuese limitada, sino que está contenidísima para mostrar escenas pequeñas y
temas delicados: sencillez sin estridencias.
Principalmente producían copas, cuencos para vinos,
alimentos (arroz, cereales, frutas) y
ofrendas (carnes sacrificiales), platos
de tamaño pequeño, cajas y
recipientes de tocador y escritorio (muy apreciados por la corte). Y
aunque no se conoce la existencia de algún decreto imperial o documento de
taller que ordene fabricar únicamente piezas pequeñas lo cierto es que casi
todo es de ese tamaño, lo que les permitía mejor control de la cocción y
esmaltes más uniformes.
Empleaban
una pasta muy blanca en la que químicamente
predominan sílice, alúmina y feldespato potásico, más refinada y
uniforme que gran parte de la producción del periodo Xuande (宣徳 1426-1435, en
japonés Séntocu). Presenta una
muy buena vitrificación y está libre de hierro. Es por tanto compacta y
ligeramente translúcida. Paredes muy finas y recubiertas de un suave y cálido
esmalte transparente, de superficie muy tersa y aspecto ligeramente húmedo, un
vidrio feldespático (sílice, alúmina, potasio, sodio, carbonato
cálcico y magnesio) cuya
proporción exacta parece que variaba entre hornadas o según el espacio que
ocupara la pieza dentro del horno. Pequeñas decoraciones de colores suaves. Pie cuidadosamente acabado y
rotulado en su interior con la llamada Marca Chenghuá, ni estampada ni
transferida con plantilla: canyis escritos con pincel con un estilo próximo al
de la corte con tan extraordinaria elegancia que no parecen obra de
pintores-decoradores sino de hábiles calígrafos. Los seis canyis, todos de
igual tamaño e idéntico espaciado, forman un conjunto tan armónico que los
especialistas chinos y japoneses los toman como una disciplina más de Chenghuá,
que tiene nombre propio y es otra marca de su identidad.
En las
pocas piezas que nos quedan de estos talleres las más numerosas son las
decoradas en azul cobalto y blanco (青花, azul+flor); trabajaron también monocromas como
el Amarillo Imperial (嬌黃,elegante+amarillo, antecedente
del famoso amarillo Hongzhi. Véase en este blog la obra del taiwanés Cai Xiaofang), el Blanco Dulce
(甜白, tiene
entrada en este blog) y el Rojo
de Cobre (tiene varias entradas). Son infrecuentes las que llevan un fondo amarillo
y decoraciones en azul cobalto (黄地青花,en chino
“huángdì qīnghuā”
amarillo+fondo+azul+dibujo. En japonés “kiyi seica” 黄地青花) e infrecuentes también las copias del celadón de los alfares Ca (véase en
este blog Ca alfar 哥窯.También se les llama Caca 哥哥). Ambas infrecuentes,
pero las hicieron y bien.
Sin duda
alguna lo mejor de los talleres Chenghuá es el uso que hicieron de los
vitrificables, concretamente sus piezas “Doucai” (鬥彩) decoradas con colores contrastados-combinados
(posible traducción de su nombre), esmaltes plúmbicos de
capa muy delgada, nada saturados y de transparencia tan delicada que permiten
ver el blanco de la porcelana. De 750º a 900º. Posiblemente contenían cola
vegetal o goma natural como aglutinante. Los vitrificables ya habían aparecido en el periodo Xuande (宣徳 1426-1435), se desarrollaron en el Zhengtong (正統, gobernó con ese nombre entre 1435-1449,
y con el nombre Tianshun desde
1457 hasta 1464. (“Seitoo” en japonés), y en Chenghuá (1465-1487) maduraron convirtiéndose en un auténtico
ejercicio de coordinación entre varios especialistas. Cinco colores, aunque puede haber variantes.
Principalmente:
azul cobalto: (“qinghuá” en chino, “seica” en japonés) No es un vitrificable pero forma la estructura de toda la decoración. Durante
este periodo se interrumpió su importación desde Persia y se empezó a usar el
óxido nacional que contenía menos manganeso, hierro e impurezas arsénicas; lo
refinaron mejor que los árabes, se les expandía menos y resultaba con tonalidad
más suave, grisácea y aterciopelada: delicadeza en lugar de fanfarroneo. En ampliaciones microscópicas pueden verse pequeñas correcciones que sugieren
un diseño previo, ¿con estarcido? se hacía un muy ligero dibujo sobre la
porcelana cruda empleando carboncillo o algún otro pigmento de los que
desaparecen en la primera cocción de fino. El cobalto era
aplicado por el pintor de más prestigio: marcaba todos los contornos y algunos
detalles, de modo que toda la estructura de la imagen quedaba determinada por
finísimas y casi imperceptibles líneas azules. Encima de este azul, va el transparente que en monococción llegaba a los
1280º-1320º. Y luego, quizás siguiendo este orden aplicaban los vitrificables:
amarillo: (“huangcai” en chino). Es el primero en aplicarse porque es el que más ocupa. Una pequeña
cantidad de óxido férrico agregado a una frita de plomo y dióxido de silicio.
Este amarillo no tiene ninguna relación con el que se hizo posteriormente en
Europa, a base de antimonio.
rojo de
hierro: ("fánhóngcǎi"
en chino, "bancoosai" en japonés). Segundo. Su nombre significa rojo alumbre, (en la
entrada “Copas para beber vino a caballo” hay dos muestras de este rojo),
un color obtenido con algún compuesto de hierro, óxido férrico, quizás hematites calcinada o distintos
sulfatos minerales agregados a una frita que podía contener sílice, plomo, fundentes alcalinos, arcilla, incluso
bórax o sales minerales. En la época Ming, y antes del periodo Chenghuá
ya eran conocidas las fritas que les permitían obtener colores que quedaban
adheridos a la superficie del vidriado transparente de debajo sin fundirse con
él.
verde:
(“lücai” en chino). Tercero. El colorante principal
es el óxido cúprico agregado a una frita de plomo con dióxido de silicio y
fundentes alcalinos.
púrpura: (“zicai” en chino). Cuarto. Quizás se obtenía con una mezcla de
manganeso y hierro.
marrón: (“hecai” en chino). Quinto. Aparece poco. Quizás una mezcla de
óxido férrico y dióxido de manganeso. Si te pasas con el hierro los colores
rojos amarillentos se transforman en marrones.
Dentro de las piezas Doucai, las más célebres son
los llamados cuenco del gallo” (鸡缸杯,“jīgāngbēi”), de apenas unos ocho
centímetros de diámetro, altura de 3,5 a 4, unos pocos centilitros de capacidad
y en algunos ejemplares auténticos el espesor apenas es unos milímetros. Parece que quedan algo menos de
veinte del período Chenghuá (de algunos, su
autenticidad todavía está siendo discutida por especialistas). No son copias idénticas unas de otras: para estas piezas Jingdhezhen quería
uniformidad en los modelos, pero no admitía la reproducción mecánica. Era un
trabajo en equipo y es muy posible que cada pintor tuviera cierto margen
de libertad. Las pequeñas diferencias
que se aprecian entre unas y otras podrían ser el conjunto de rasgos que
identifican a cada artista. No obstante, por el orden en la elaboración de los dibujos, en los trazos, vemos que se
seguía un procedimiento aprendido, es decir, se sujetaban a un modelo
estandarizado, posiblemente una escuela.
Los “jīgāngbēi” constituyen quizá el
mejor ejemplo de ese nuevo lenguaje artístico. De refinada ejecución, quizás
estaban destinados al entorno privado del emperador. Su cuidadosa iconografía
es una suma de símbolos con dibujos de trazo firme de un gallo, una gallina y
varios polluelos, entre vegetación y rocas: para muchos una delicada alegoría de
una sencilla escena familiar próspera y con continuidad. Puede parecer algo
intrascendente, pero en la porcelana imperial del siglo XV todo tiene un
significado.
En estos cuencos, sin escenas de guerra o fieros
dragones que juegan con balones de fuego, se representa una pequeña visión del mundo
con la familia, el paso del tiempo, la fertilidad y la unión entre la Tierra y
el Cielo. Lo primero que llama la atención es la presencia del gallo con el
rojo de la cresta y de sus barbas, una especie de padre bondadoso, con
espolones para defender el gallinero, que llama a las gallinas cuando encuentra
alimentos y que es reloj y barómetro infalibles. Y el que esté cantando u
observando a la hembra hace que la atención visual pase a ella, generalmente equilibrada
respecto al macho, con la cabeza inclinada para alimentar a los polluelos.
Podría ser una especie de ensalzamiento de la figura materna que posibilita la
continuidad familiar y la prosperidad doméstica.
Las crías
representan la descendencia; todos diferentes, hechos con muy pocas líneas,
cinco o seis trazos, comiendo, rebuscando insectos, corriendo, o acompañando a
la madre, nunca aparecen peleando. Una prole abundante, y sabemos que la
continuidad dinástica era en ese periodo una preocupación constante. Es como
si, discretamente, se estuviera aludiendo al deseo del emperador de tener
numerosos herederos varones.
Otro elemento importante en la composición son
los insectos que nos indican que el jardín no es yermo, y produce vida: se
puede distinguir mariposas, saltamontes y abejas.
Respecto a la decoración vegetal no encontramos
ni peonías imperiales ni lotos budistas. Sí vemos plantas discretas,
completamente desarrolladas, con pequeñas flores silvestres, todo muy normalito.
Los especialistas chinos piensan que la secuencia transcurre a finales de
primavera y comienzos del verano, el momento de máxima fertilidad en los
jardines.
Y por
último las rocas que equilibran la escena. Siempre colocadas en idénticos lugares.
En la cultura china representan estabilidad y longevidad, y en estos cuencos quieren
ser el terreno firme donde prospera la familia.
Todos estos personajes bien dispuestos
espacialmente, no hacinados, incluso ordenados visualmente: del gallo se pasa a
la gallina, a las crías, a las flores, a los insectos, y de nuevo al gallo.
Lo
sorprendente es que toda esta construcción simbólica esté contenida en apenas
ocho centímetros de diámetro, casi una miniatura.
Posteriormente estos cuencos fueron coleccionados
y copiados cuidadosamente, primero por emperadores de la Qing (清1644-1912),
concretamente por Kangxi (康煕 1662-1720. Cooqui en japonés) y Qianlong (乾隆 1736-1793. Quenriu en japonés),
clases privilegiadas y literatos
exigentes que las elevaron a la máxima expresión, y actualmente se han
convertido en las posesiones más deseadas de los conocedores de la cerámica
china.
Sobre la consorte favorita Wan Zhen’er.
1428-1487.
Llevada a los 4 años a palacio como sirvienta tras la caída en desgracia de su
familia al involucrarse su padre en un crimen. A los 19 años se le puso al
cuidado del príncipe de 2 años Zhu Jianshen, (futuro Chenghuá) cuando
temporalmente perdió su condición de heredero y peligraba su vida. Una especie
de madre adoptiva. Con el tiempo la relación se convirtió en un vínculo
afectivo muy fuerte: en 1466 Wan dio a luz al primer hijo del emperador que
murió antes del año y nunca más volvió a tener hijos. A los treinta y un años Chenghuá
aún carecía de heredero varón superviviente, y parece inevitable que se
reflejara en la decoración de una madre con sus crías de los “jigangbei”, de un
valor emocional especial.
Alcanzó el rango más alto entre las concubinas (Consorte Noble Imperial) y durante más de veinte años el emperador la favoreció a ella y a su familia. Tuvo una considerable influencia política. No hay constancia de que apoyara el trabajo de los talleres Jingdezheng pero resulta muy curioso que su presencia encaje exactamente con el periodo en que aparecen algunas de las porcelanas más sobresalientes de toda la historia china. Así que es muy probable que tuviera relación directa o indirecta con la concepción de esos cuencos. Fuentes oficiales escritas años después de la vida de ambos, sin pruebas concluyentes, la califican de cruel y de tratar de impedir el nacimiento de herederos de otras concubinas, a pesar de que otras fuentes sostienen que Chenghuá tuvo numerosos hijos. Estaba colgadísimo de ella, y perdió transitoriamente el habla cuando le dijeron que había muerto. Le sobrevivió varios meses.
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